¿Vivir... con ella? I Nunca imaginé que un maullido tímido en medio de una cajita de cartón marcaría tanto mi historia. En ese entonces, Marlon y yo apenas comenzábamos a compartir techo, espacio, y lo que creíamos sería una vida juntos. Él, con su amor por los gatos —ese amor que nunca pudo materializar en una infancia sin felinos— me hablaba de lo mucho que deseaba tener uno. Yo lo escuchaba, casi por costumbre. A mí, los gatos nunca me habían provocado mayor cosa… hasta que apareció ella. Fue una casualidad de las que parecen guionadas. Caminando por el centro, me crucé con un amigo de esos que la vida coloca sin previo aviso. Me dijo que tenía unos gatitos en adopción. Sin pensarlo, como si algo en mí supiera que debía hacerlo, le dije que sí. Me condujo hasta su casa y allí estaban: pequeños universos peludos, moviéndose entre sí. Pero hubo una… una que no dudó. Se acercó sin reservas, como si ya me conociera, como si me hubiera estado esperando. Jugó conmigo sin presentacio...
He pensado mucho en esto últimamente. En mis acciones, en mis palabras, en cómo he manejado mi vida en los últimos años. Me he cuestionado, no con ánimo de castigarme, sino de entenderme. Y cada vez llego a la misma conclusión: el problema no son los demás, soy yo. Es extraño admitirlo, porque durante mucho tiempo, como cualquier persona, encontré en los demás los motivos de mis dolores, de mis inseguridades, de mis fracasos. Pero si algo he aprendido a lo largo de los días –y especialmente este último año– es que no siempre son los otros los que fallan, sino nuestra incapacidad de estar bien con nosotros mismos. No estaba preparado para lo que vino. No debía haberme aventurado a crear un vínculo amoroso cuando mi mente y mi corazón estaban tan lejos de estar listos. ¿Cómo podría haber dado lo que no tenía? Me he sentido tan vacío últimamente que no sé si puedo recordar cómo se siente el amor. No hablo del amor romántico, sino de ese amor puro y básico, el que va más ...