Las personas no cambian, sólo aprenden a ocultar mejor lo que son. – Richelle Mead
A veces, cuando todo parece estar perdido, uno se siente impulsado a regresar, como si las respuestas pudieran encontrarse en algún rincón olvidado del pasado. Así fue como, una semana después de regresar de Bogotá, decidí tomar el bus a Bucaramanga. No sabía bien qué esperaba encontrar, pero algo en mí necesitaba saber qué sentía realmente, necesitaba comprobar si esta vez las cosas podían ser diferentes, si había alguna oportunidad de que todo saliera bien.
Fabián me recibió muy bien, como siempre. Su calidez me envolvió como un abrigo en un día frío, y por un momento sentí que el tiempo no había pasado. Salimos a comer, charlamos sobre todo lo que había pasado en ese tiempo sin vernos, y en medio de esa conversación, me preguntó si había estado con alguien más. Mi respuesta fue una mentira pequeña, una mentira que no dolía tanto en ese momento: "No". Porque en realidad, sí había estado con alguien en Bogotá, pero preferí no decirlo.
Él, por su parte, me confesó que había intentado algo con un muchacho muy hermoso, alguien que, según él, le parecía muy bien. Sin embargo, no recordaba por qué no siguieron juntos. Sentí un poco de celos, pero no podía hacer nada al respecto, solo escuchar y tratar de no mostrar lo que sentía. Era extraño, porque lo que menos quería en ese momento era que las inseguridades del pasado volvieran a hacerme dudar de algo que ni siquiera existía del todo.
Uno de esos días fuimos a la casa de su familia. Al regresar, pasamos por un bar a tomarnos unas cervezas. La música estaba increíble, pero yo tenía tantas cosas en mi cabeza que casi no la disfrutaba. Fui al baño porque tenía muchas ganas de orinar, y al regresar, lo vi allí, mirando su celular. No me pareció raro, hasta que vi en lo que estaba concentrado: una conversación en Grindr, la app de citas para gays. El corazón me dio un vuelco y, aunque intenté no mostrarlo, supe que ese era el primer indicio de algo que no estaba bien. No podía dejar de pensar en qué estaba haciendo realmente, si me estaba mostrando la parte que quería que viera o si había algo más detrás de esa fachada.
Lo que vino después solo confirmó mis dudas. Dejó su celular en el cuarto y, mientras revisaba por curiosidad, vi que un chico le había enviado una foto a través de WhatsApp. El chico estaba acostado en la cama, posando de manera sugestiva. Era claro que no solo se trataba de una conversación inocente, sino de algo más, algo que no me había contado. En ese momento, entendí que lo que me decía, lo que mostraba, no coincidía con lo que realmente hacía. Tenía muchas aplicaciones de citas instaladas, aún estando conmigo, y eso me hizo darme cuenta de que no importaba lo que dijera, las acciones hablaban más alto.
El último día en Bucaramanga, salimos a comer antes de que tomara el bus de regreso. Nos despedimos, pero algo dentro de mí ya sabía que no había mucho más que decir. Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, él lo hizo. Dijo que lo mejor era dejar las cosas así, que según él, yo estaba en Grindr, como si todo lo que había hecho hasta ese momento no fuera suficiente para dejar claro que no estábamos en la misma página. Esa fue su excusa, y, aunque en ese momento no quise decir nada, la sensación de que todo estaba ya terminado me invadió por completo.
Es curioso cómo las personas dicen no hacer algo cuando en realidad sí lo están haciendo. Lo he notado muchas veces en la vida: aquellos que más critican, son a menudo los que guardan secretos o los que tienen lo que tanto temen. Nos esforzamos por ocultar lo que realmente somos, pero las acciones siempre terminan revelando la verdad. Y en ese momento, mientras él me decía que debíamos dejarlo, entendí que, aunque las palabras a veces puedan mentir, los actos nunca lo hacen.
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