He pensado mucho en esto últimamente. En mis acciones, en mis palabras, en cómo he manejado mi vida en los últimos años. Me he cuestionado, no con ánimo de castigarme, sino de entenderme. Y cada vez llego a la misma conclusión: el problema no son los demás, soy yo.
Es extraño admitirlo, porque durante mucho tiempo, como cualquier persona, encontré en los demás los motivos de mis dolores, de mis inseguridades, de mis fracasos. Pero si algo he aprendido a lo largo de los días –y especialmente este último año– es que no siempre son los otros los que fallan, sino nuestra incapacidad de estar bien con nosotros mismos.
No estaba preparado para lo que vino. No debía haberme aventurado a crear un vínculo amoroso cuando mi mente y mi corazón estaban tan lejos de estar listos.
¿Cómo podría haber dado lo que no tenía?
Me he sentido tan vacío últimamente que no sé si puedo recordar cómo se siente el amor. No hablo del amor romántico, sino de ese amor puro y básico, el que va más allá de los gestos o las palabras, el que nos conecta con nosotros mismos y con el mundo.
Me doy cuenta de que, en mi búsqueda por llenar ese vacío, solo logré alejar a las personas que más quería. Mis miedos, mi indiferencia, mis malos entendidos… todo eso construyó un muro entre ellos y yo. Y cuando me pregunto por qué, solo puedo pensar en algo que temí durante mucho tiempo: convertirme en una persona fría.
Recuerdo cómo hace algunos años mi mayor temor era dejar de sentir. Temía tanto que el dolor y la vida me endurecieran, que dejara de ver la belleza en lo cotidiano, de emocionarme con los pequeños detalles, de sentir esa chispa de conexión con alguien más. Y ahora, me pregunto si ese miedo se ha hecho realidad.
Tal vez por eso he lastimado a personas que no lo merecían. No con intención, no por maldad, sino porque simplemente no sabía cómo no hacerlo. Mi indiferencia, mis silencios, incluso mis intentos torpes de crear vínculos, terminaron afectando a quienes solo querían estar cerca de mí.
Hoy quiero pedirles una disculpa. A quienes alguna vez hice creer cosas que no eran, a quienes alejé con mi indiferencia, a quienes en algún momento lastimé por no saber cómo lidiar conmigo mismo. Sé que las palabras no deshacen el daño, pero espero que al menos sirvan para reconocer mis errores.
La verdad es que me siento perdido. No lo digo con dramatismo, sino con honestidad. Me siento como alguien que intenta encontrarse en un mapa lleno de caminos borrosos, alguien que camina sin saber realmente hacia dónde va. Pero en medio de esa confusión, también sé que el primer paso para encontrarme es aceptar mi responsabilidad.
Tal vez no tenga todas las respuestas ahora. Tal vez siga sintiéndome así por un tiempo. Pero al menos quiero prometerme algo: voy a intentar ser mejor. No para los demás, sino para mí. Porque si no puedo estar bien conmigo mismo, nunca podré estar bien con nadie más.
Este es mi primer paso. No sé a dónde me llevará, pero al menos quiero caminar con la certeza de que estoy haciendo lo correcto. Y quizás, con el tiempo, pueda volver a sentir.
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