Ir al contenido principal

¿Dónde está el problema? III

 He pensado mucho en esto últimamente. En mis acciones, en mis palabras, en cómo he manejado mi vida en los últimos años. Me he cuestionado, no con ánimo de castigarme, sino de entenderme. Y cada vez llego a la misma conclusión: el problema no son los demás, soy yo.

Es extraño admitirlo, porque durante mucho tiempo, como cualquier persona, encontré en los demás los motivos de mis dolores, de mis inseguridades, de mis fracasos. Pero si algo he aprendido a lo largo de los días –y especialmente este último año– es que no siempre son los otros los que fallan, sino nuestra incapacidad de estar bien con nosotros mismos.

No estaba preparado para lo que vino. No debía haberme aventurado a crear un vínculo amoroso cuando mi mente y mi corazón estaban tan lejos de estar listos. 

¿Cómo podría haber dado lo que no tenía? 

Me he sentido tan vacío últimamente que no sé si puedo recordar cómo se siente el amor. No hablo del amor romántico, sino de ese amor puro y básico, el que va más allá de los gestos o las palabras, el que nos conecta con nosotros mismos y con el mundo.

Me doy cuenta de que, en mi búsqueda por llenar ese vacío, solo logré alejar a las personas que más quería. Mis miedos, mi indiferencia, mis malos entendidos… todo eso construyó un muro entre ellos y yo. Y cuando me pregunto por qué, solo puedo pensar en algo que temí durante mucho tiempo: convertirme en una persona fría.

Recuerdo cómo hace algunos años mi mayor temor era dejar de sentir. Temía tanto que el dolor y la vida me endurecieran, que dejara de ver la belleza en lo cotidiano, de emocionarme con los pequeños detalles, de sentir esa chispa de conexión con alguien más. Y ahora, me pregunto si ese miedo se ha hecho realidad.

Tal vez por eso he lastimado a personas que no lo merecían. No con intención, no por maldad, sino porque simplemente no sabía cómo no hacerlo. Mi indiferencia, mis silencios, incluso mis intentos torpes de crear vínculos, terminaron afectando a quienes solo querían estar cerca de mí.

Hoy quiero pedirles una disculpa. A quienes alguna vez hice creer cosas que no eran, a quienes alejé con mi indiferencia, a quienes en algún momento lastimé por no saber cómo lidiar conmigo mismo. Sé que las palabras no deshacen el daño, pero espero que al menos sirvan para reconocer mis errores.

La verdad es que me siento perdido. No lo digo con dramatismo, sino con honestidad. Me siento como alguien que intenta encontrarse en un mapa lleno de caminos borrosos, alguien que camina sin saber realmente hacia dónde va. Pero en medio de esa confusión, también sé que el primer paso para encontrarme es aceptar mi responsabilidad.

Tal vez no tenga todas las respuestas ahora. Tal vez siga sintiéndome así por un tiempo. Pero al menos quiero prometerme algo: voy a intentar ser mejor. No para los demás, sino para mí. Porque si no puedo estar bien conmigo mismo, nunca podré estar bien con nadie más.

Este es mi primer paso. No sé a dónde me llevará, pero al menos quiero caminar con la certeza de que estoy haciendo lo correcto. Y quizás, con el tiempo, pueda volver a sentir.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Niña: memorias de una reina felina

  ¿Vivir... con ella? I Nunca imaginé que un maullido tímido en medio de una cajita de cartón marcaría tanto mi historia. En ese entonces, Marlon y yo apenas comenzábamos a compartir techo, espacio, y lo que creíamos sería una vida juntos. Él, con su amor por los gatos —ese amor que nunca pudo materializar en una infancia sin felinos— me hablaba de lo mucho que deseaba tener uno. Yo lo escuchaba, casi por costumbre. A mí, los gatos nunca me habían provocado mayor cosa… hasta que apareció ella. Fue una casualidad de las que parecen guionadas. Caminando por el centro, me crucé con un amigo de esos que la vida coloca sin previo aviso. Me dijo que tenía unos gatitos en adopción. Sin pensarlo, como si algo en mí supiera que debía hacerlo, le dije que sí. Me condujo hasta su casa y allí estaban: pequeños universos peludos, moviéndose entre sí. Pero hubo una… una que no dudó. Se acercó sin reservas, como si ya me conociera, como si me hubiera estado esperando. Jugó conmigo sin presentacio...

¿Vivir? I

Se dice que el tiempo es un gran maestro; lo malo es que va matando a sus discípulos.   ¡Llegó el sábado!  Solía decir cuando era un pequeño infante. Lleno de ilusiones -que aún mantengo guardadas- y con todas las ansias de que llegara el día sábado, para poder descansar viendo "comiquitas" por la mañana, visitar a mis primas o simplemente ponerme la ropa de salir -aunque no saliera de casa-. Esa era mi vida, tan simple como estudiar y ser solo un niño feliz. Pero...  ¡Llegó la adultez!  Lo que tanto deseaba de adolescente, no era como pensaba. Y es que muchas personas me advirtieron que debía disfrutar esa etapa de mi vida porque más adelante, me iba a arrepentir de no haberlo hecho.  Nuevamente, llegó el sábado. Pero ésta vez, ya no soy un niño -aunque en mí, permanezcan muchos sueños y anhelos-. Suena la alarma de mi celular y yo, somnoliento, la apago. Me lavé los dientes, me bañé y luego fui a la cocina a preparar lo que me da, quizá, un poco de energía ¡CA...

¿Comenzar? I

  2025 comenzó con una energía extraña. De esas que no sabes si te empujan o te detienen, una mezcla de incertidumbre y un miedo que parece venir de dentro, algo que no terminas de entender, pero que está ahí, acompañándote en silencio. A pesar de eso, traté de no dejar que me consumiera del todo. Intenté, como pude, disfrutar los momentos, las risas, las compañías. El primer día del año lo pasé en una piscina, algo tan sencillo pero tan necesario. Hacía meses que no iba, y ese pequeño cambio de rutina me hizo sentir más ligero, más presente. La compañía de mis amigos, el agua fría y las conversaciones despreocupadas fueron un buen inicio, aunque el miedo y la incertidumbre seguían rondándome, como una sombra que nunca se termina de disipar. Después, por primera vez en siete años, me atreví a vivir los carnavales. Una parte de mí sentía que ya no eran para mí, pero Héctor, mi amigo, insistió. Bailamos en pleno parque de San Agustín, rodeados de música y risas desconocidas, como si ...