Ir al contenido principal

¿Vivir? Sí, la realidad. II



Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura. - Antonio Machado

Muchas veces creemos que todo lo que imaginamos puede ser cierto y que es la realidad plena. Pero ignoramos completamente nuestro entorno, nuestras acciones y las de los demás que forman parte de lo que llamamos mundo.

Son las 5:30 de la tarde en la hermosa ciudad de Bucaramanga. Permanezco parado frente a un parque un poco gris y oscuro, pero con mucha gente y tráfico alrededor. Estoy esperando al que será el amor de mi vida... o eso creo. Lleno de ansiedad y muchas expectativas porque, por fin, lo voy a conocer en persona. Y como les dije, sé que es apresurado, pero creo que esta vez sí será real.

Mi celular suena y, al contestar, su voz me confirma que ya está cerca. Me siento tembloroso, como si estuviera a punto de rendir un examen sin haber estudiado lo suficiente. Finalmente, lo veo acercarse y mi mente se debate entre la emoción y la duda. Nos saludamos con una mezcla de timidez y complicidad.

—Hola amor, sube. —dice él con una sonrisa. —Hola —respondo, sintiendo mi voz más baja de lo normal.

Nos fuimos en un taxi hacia su apartamento. Mientras nos movemos entre el tráfico, lo observo en detalle: su barba perfectamente recortada, sus manos firmes, su manera de mirar por la ventana como si estuviera perdido en sus propios pensamientos. Intento descifrarlo, pero me doy cuenta de que también intento descifrarme a mí mismo.

Al llegar, él tiene que irse a estudiar. Me quedo solo en su casa, en un espacio que huele a su perfume, rodeado de cosas que cuentan su historia. Me recuesto en la cama y dejo que mis pensamientos me invadan. 

¿Es esto lo que quiero? ¿Es real o solo una fantasía en la que me estoy sumergiendo demasiado rápido?

Pasamos el fin de semana juntos. Me llevó a recorrer algunos lugares de Bucaramanga, conocí a su familia, compartimos risas y momentos que parecían sacados de una película. Todo parecía perfecto, pero en medio de todo ese encanto, me sentí abrumado. No sabía si estaba realmente enamorado o si solo estaba impresionado por lo que él me podía ofrecer, hablando económicamente.

La última noche que pasé con él, la ansiedad me invadió. Mientras estábamos acostados, miré al techo sin poder dormir. Él notó mi inquietud y me preguntó:

—¿Estás bien? —Sí, solo tengo algo de calor —respondí, evitando su mirada.

En mi mente, una lucha constante: ¿Debía seguir con esto o simplemente dejarlo? No estaba seguro de querer una relación ni de si realmente lo amaba. Me giré hacia él y lo observé en la penumbra. Su respiración era tranquila, mientras la mía se aceleraba. Tal vez no era el momento de tomar decisiones apresuradas, pero una parte de mí sabía que debía enfrentar la verdad, aunque doliera.

A la mañana siguiente, me levanté temprano, tomé mis cosas y salí del apartamento sin avisarle a qué hora me iba. No quise esperar a que regresara de sus clases. Sentí que, si me quedaba más tiempo, tal vez cambiaría de opinión, y no quería aferrarme a algo sobre lo cual no estaba seguro.

Cuando estuve en el bus, tomé el celular y le escribí:

"Todo lo que viví contigo fue maravilloso, pero no me siento preparado para esto. Ojalá, en algún momento, podamos coincidir y ambos lo estemos".

Miré por la ventana mientras la ciudad quedaba atrás. No sabía si había tomado la mejor decisión, pero al menos, por primera vez en mucho tiempo, sentí que había sido honesto conmigo mismo.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Niña: memorias de una reina felina

  ¿Vivir... con ella? I Nunca imaginé que un maullido tímido en medio de una cajita de cartón marcaría tanto mi historia. En ese entonces, Marlon y yo apenas comenzábamos a compartir techo, espacio, y lo que creíamos sería una vida juntos. Él, con su amor por los gatos —ese amor que nunca pudo materializar en una infancia sin felinos— me hablaba de lo mucho que deseaba tener uno. Yo lo escuchaba, casi por costumbre. A mí, los gatos nunca me habían provocado mayor cosa… hasta que apareció ella. Fue una casualidad de las que parecen guionadas. Caminando por el centro, me crucé con un amigo de esos que la vida coloca sin previo aviso. Me dijo que tenía unos gatitos en adopción. Sin pensarlo, como si algo en mí supiera que debía hacerlo, le dije que sí. Me condujo hasta su casa y allí estaban: pequeños universos peludos, moviéndose entre sí. Pero hubo una… una que no dudó. Se acercó sin reservas, como si ya me conociera, como si me hubiera estado esperando. Jugó conmigo sin presentacio...

¿Vivir? I

Se dice que el tiempo es un gran maestro; lo malo es que va matando a sus discípulos.   ¡Llegó el sábado!  Solía decir cuando era un pequeño infante. Lleno de ilusiones -que aún mantengo guardadas- y con todas las ansias de que llegara el día sábado, para poder descansar viendo "comiquitas" por la mañana, visitar a mis primas o simplemente ponerme la ropa de salir -aunque no saliera de casa-. Esa era mi vida, tan simple como estudiar y ser solo un niño feliz. Pero...  ¡Llegó la adultez!  Lo que tanto deseaba de adolescente, no era como pensaba. Y es que muchas personas me advirtieron que debía disfrutar esa etapa de mi vida porque más adelante, me iba a arrepentir de no haberlo hecho.  Nuevamente, llegó el sábado. Pero ésta vez, ya no soy un niño -aunque en mí, permanezcan muchos sueños y anhelos-. Suena la alarma de mi celular y yo, somnoliento, la apago. Me lavé los dientes, me bañé y luego fui a la cocina a preparar lo que me da, quizá, un poco de energía ¡CA...

¿Comenzar? I

  2025 comenzó con una energía extraña. De esas que no sabes si te empujan o te detienen, una mezcla de incertidumbre y un miedo que parece venir de dentro, algo que no terminas de entender, pero que está ahí, acompañándote en silencio. A pesar de eso, traté de no dejar que me consumiera del todo. Intenté, como pude, disfrutar los momentos, las risas, las compañías. El primer día del año lo pasé en una piscina, algo tan sencillo pero tan necesario. Hacía meses que no iba, y ese pequeño cambio de rutina me hizo sentir más ligero, más presente. La compañía de mis amigos, el agua fría y las conversaciones despreocupadas fueron un buen inicio, aunque el miedo y la incertidumbre seguían rondándome, como una sombra que nunca se termina de disipar. Después, por primera vez en siete años, me atreví a vivir los carnavales. Una parte de mí sentía que ya no eran para mí, pero Héctor, mi amigo, insistió. Bailamos en pleno parque de San Agustín, rodeados de música y risas desconocidas, como si ...