No sé exactamente cómo comenzó todo.
Quizás porque no siempre se necesita un gran inicio, ni un evento extraordinario. A veces basta con un momento inesperado, con alguien que llega sin aviso, en medio de un carnaval lleno de ruido y movimiento, para cambiar el rumbo de tus pensamientos.
Él apareció así, casi como una coincidencia, pero con el peso de alguien que parecía estar destinado a cruzarse en mi camino.
Desde esa primera conversación, donde ambos parecíamos rodear temas cotidianos pero sin dejar de leer entre líneas, algo cambió en mí. Fue como si cada palabra que intercambiábamos construyera un puente entre dos vidas que, sin conocerse realmente, comenzaban a entenderse. No había esfuerzo, no había pretensiones; solo una conexión que se sentía extrañamente natural, como si nos hubiéramos conocido en otro tiempo.
Durante esos primeros días después del carnaval y, después de nuestro primer encientro, nuestras conversaciones comenzaron a tomar forma. Hablábamos de nuestras vidas, de cosas tan simples como lo que habíamos comido ese día o cómo había sido la jornada de trabajo. Pero entre lo simple, emergían pequeñas confesiones, momentos de vulnerabilidad que nos hacían sentir más cerca, incluso con la distancia que nos separaba.
Entonces, llegó la idea del fin de semana.
Habíamos hablado de vernos, de compartir un espacio donde no hubiera pantallas ni mensajes que se interrumpieran por notificaciones. Quería verlo, quería estar cerca de él, y la emoción de planearlo todo me llenaba de un entusiasmo que hacía mucho no sentía.
Los días previos fueron una mezcla de nervios y emoción. Pensaba en cómo sería ese reencuentro, en qué diríamos, en cómo me haría sentir estar cerca de él. Y cuando por fin llegó el momento, todo cobró sentido… o eso pensé al principio.
Desde el primer día de ese fin de semana, algo se sintió extraño. Quizás porque lo que había imaginado no coincidía del todo con la realidad. Me esforcé por hacerlo sentir cómodo, por cuidar los detalles, por mostrarle cuánto significaba ese momento para mí. Pero, por alguna razón, sentí que todo mi esfuerzo se estrellaba contra un muro de egoísmo. Como si la conexión que había sentido a través de nuestros mensajes no se reflejara en quien tenía frente a mí.
Había gestos, comentarios, esos que parecen inofensivos, hasta amistosos, pero que esconden una incomodidad disfrazada. Pequeñas actitudes que me hacían dudar si estaba haciendo las cosas bien, o si simplemente no había manera de cumplir sus expectativas. Incluso los cariños se sentían unilaterales, como si solo él pudiera recibirlos, como si no hubiera espacio para darme lo mismo de vuelta.
Y aunque intenté disfrutarlo, compartirlo con él, hubo momentos que me descolocaron por completo. Recuerdo especialmente una reunión con mi amigo Héctor, donde sus actitudes inmaduras resaltaron, como si estuviera actuando más por inseguridad o necesidad de aprobación que por ser él mismo. Era desconcertante, porque mientras veía todo eso, recordaba lo diferente que parecía ser la persona con la que había compartido horas de conversación por WhatsApp.
Me gusta mucho la persona que conocí en esas conversaciones. Esa que me escuchaba, me hacía reír y me llenaba de una calidez especial. Pero la persona que compartió conmigo ese fin de semana… era diferente. Y no en el mejor sentido. Parecía alguien atrapado en sus propios conflictos, alguien que, en lugar de construir un puente, prefería quedarse en su lado del río.
Cuando llegó el momento de despedirnos, no sabía exactamente qué sentir. Había estado esperando este momento con tantas ganas, pero ahora no estaba seguro si había valido la pena. Me quedé con una mezcla de tristeza y resignación, preguntándome si lo que habíamos compartido en los mensajes era real, o si simplemente había idealizado todo.
¿Cómo explico lo que siento? Es complicado. Pero quizás no necesite una explicación. A veces, basta con aceptar que no todas las conexiones están destinadas a ser como las imaginamos, y que no siempre se trata de quién está al otro lado, sino de cómo nos hacen sentir en su presencia.
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